Segundas

Desde que tengo memoria he frecuentado los “tianguis”, “segundas” o “mercados de pulgas”. Recuerdo que cada sábado, sin falta alguna (a menos que una enfermedad lo impidiera), la dinámica familiar consistía en ir a un tianguis a desayunar, comprar el mandado y una que otra cháchara.

Desde entonces cada que me encuentro en estos mercados, observo el tipo, origen, antigüedad y variedad de los objetos. Me descubro constantemente imaginando a qué persona habrían pertenecido esas cosas que venden. ¿Quién podría tener cámaras, abre cartas, tambores, ciertos tipos de plumas, medallas?, ¿Quién tira tantos juguetes, materiales, películas y ropa en buen estado?…

Los objetos en los tianguis muchas veces son traídos de Estados Unidos, “pacas” subastadas que cruzan la frontera para su venta en nuestro país, otros, restos de casas olvidadas o mudanzas, deambulan hasta llegar a bodegas, puestos ambulantes, garages o cofres de autos. Y es ahí donde el valor económico y sentimental de cada cosa es modificado por las personas que venden y que compran. Los objetos se convierten en recipientes, contenedores.

En las segundas hay asombro por lo que no parece real: cómo rinde el dinero, encontrar el objeto que estabas buscando desde hace años, el funcionamiento perfecto de algún aparato, encontrar un juguete o póster igualito al que tenías de chico o comprar algo que está actualmente en el mercado pero a bajo costo. Para mí además, el asombro se encuentra en la mezcla de significados cuando encuentro ciertos objetos juntos, la recreación de ambientes (tipo escaparates) que asemejan más a una casa que a un lugar de venta de cosas usadas, la acumulación de objetos que caracteriza a nuestra generación y por su puesto el reuso.