Portafolio

Por debajo

Imágenes del anonimato

el metro es una ciudad que se desplaza

Juan Villoro

 

Las geografías del desencuentro se reproducen en el piso inferior de la ciudad. Quién ha viajado en el metro sabe de cruces violentos, afrentas físicas o morales, desdicha, prisa e indiferencia. Morada de la causalidad, rincón donde se confabulan las circunstancias, el metro es el reino de lo uniforme.

¿Qué observa la lente en medio de ese tianguis de miradas, donde se vende al mayoreo la apariencia del otro, sus gestos y reacciones, su forma de sentarse, su vestimenta e incluso su destino? A lo que pone atención es al fluir de la ciudad a través de personajes anónimos que recorren, con prontitud, un lugar del que es mejor escapar lo antes posible. Nos muestra perfiles borrosos o siluetas que difuminan la identidad individual y la incorporan al gentío. Además, se concentra en pasajeros que van y vienen sin apenas detenerse, recorriendo un andén o pasillos semi-oscuros, fugazmente.

Aquí, la labor del artista consiste en congelar un minuto en su propio movimiento. Se trata de hacer disparos con la cámara pero evitando la contención. No se busca “fijar” las cosas sino justo lo contrario: que muestren su falta de quietud. Por ello, la mirada del cronista instantáneo se detiene en lo que nadie más observa detenidamente. Escaleras fracturadas (que remiten a otros contextos) cuya continuidad se encuentra en el movimiento del ojo y los pasos. Imágenes que se reproducen y multiplican hasta crear la ilusión de estar en un laberinto infinito. Un espacio que se transforma ante el paso de las horas, percibido a través de los cambios de la luz. Alguien que espera a alguien (¿a una mujer con zapatos de tacón?).

Espacio de tránsito por excelencia, el metro fue creado con la finalidad de dinamizar la circulación de personas y bienes. En la visión del urbanista Rem Koolhaas estaríamos hablando de un espacio genérico, indistinguible de otros sitios similares ubicados en cualquier otra parte del mundo, carentes de diferencias culturales o particularidades arquitectónicas. Marc Augé los denominó no-lugares, por su falta de significado histórico.

Sin embargo, en el metro la ausencia de peso simbólico es sólo aparente. Y la fotografía es una prueba de ello. Los no-lugares revelan de forma efectiva la forma de vivir la ciudad, no están deshistorizados por completo, sino que se los incorpora a nuevas formas de significar lo urbano. Si algo genera la ciudad, una y otra vez, son significados que dan sentido a todos sus espacios. De no ser así, el metro no sería para algunos, un lugar de esparcimiento y de resignación, o incluso un espacio fatídico: el imán para quienes deciden quitarse la vida arrojándose a las vías ante el paso del convoy.

En el metro transitamos, sí, pero también amamos u odiamos, dormimos, somos capaces de morir, ambicionamos la gloria, la dicha y la puntualidad, todo a cambio de dos pesos y gracias al anonimato, ese refugio en medio de la muchedumbre.

Jezreel Salazar

 

 

 

Paulina Cortes